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Ultra Maratón Sierra Gorda, Querétaro

Hay quien dice que la Sierra Gorda bien podría darle publicidad al cielo, que perderte entre sus ríos, y descender de sus montañas, es renovar tus votos de amor por México, y que la gente de sus poblados, es de una sola pieza… “gente derecha”. Es por esto que decidí ir, porque nadie me dijo que hacer con mis instintos, así que en mi vida, no he tenido otro remedio que seguirlos.

El ultramaraton de la Sierra Gorda, tiene inicio en un pequeño poblado perdido entre los cañones, llamado La Higuera. Del DF para allá son aproximadamente 3.5 horas. Cuenta con diferentes distancias, esta vez corrí 50km.

Debo decir que después de los 170 de UTMB, no tenía contemplado ir a ninguna otra carrera este año; eso es, porque la distancia que llevo ha sido mayor a cualquier otro, no sólo por las competencias, si no también por los entrenamientos con el equipo. Había acumulado suficientes paisajes, veredas, montañas y experiencias para soñar lo que resta del año, y cobijarme en ellas.

Llegamos un día antes de la carrera, hacia muchísimo frío, y el pronóstico apuntaba a que sería igual, o peor, al día siguiente. Las montañas de primera impresión me parecieron áridas, cosa que no me gusto, porque, a mí señores, me gustan los tonos verdes, pero estaba equivocada.

La mañana de la carrera amarre mi pelo como en mi primer ultra hace ocho años, unas trenzas, un gorro, mil chamarras, y una mochila con todo lo que podría necesitar, para no detenerme en ningún abastecimiento; no por espíritu de competencia, esta vez esa no era la idea, porque una mochila tan pesada puede hacerte más lento. Más bien, para mí era un paseo, era volver el tiempo atrás y pararme en la línea de salida de CAREMO, o los 100km de Guerrero, dispuesta a perderme, a odiar una subida, y dejarme ir en las bajadas, sin ninguna estrategia, sólo la guía que pudieran darme mis piernas, y mi experiencia.

Tome la salida, y volví a sentirme niña, una ligera subida y luego un descenso con un río que seguía nuestro camino. El agua templada cubría en algunas partes nuestros pies, después pasamos a un terreno ondulado antes de llegar al cañon, y caminar de nuevo por el agua, ahora un poco más profunda y más fría.

De todas las carreras que he hecho en mi vida, no me había tocado una con tantos ríos. Empujaba hacia adelante por simple curiosidad, y ansiedad; las marcas estaban más lejos de lo acostumbrado en una carrera, así que varias veces dudabas si era, o no la ruta correcta. Llegamos a la parte más profunda del río, metí mis cosas en una bolsa, y avance con cuidado sintiendo como el agua rozaba mi cuello, no sabía si intentar nadar, o mantenerme de puntitas apenas acariciando el fondo que se sentía como arena húmeda.

Salimos de esa parte, empezó una subida corta, y de nuevo terreno ondulado antes del mayor ascenso, de repente la gente que iba adelante aparecía por atrás, eso pasó varias ocasiones, por el escaso marcaje, también el grupo con el que iba nos perdimos incontables veces, aunque para mí, era parte de la aventura.

Llegamos a la subida más demandante, donde de nuevo, perdimos ruta, estábamos rodeados de neblina. La retomamos, y empecé a sentirme más fuerte, seguí avanzando y de pronto descubrí que me quede sola, sin un alma al frente o detrás, miedo o ganas no sé pero preferí acelerar; llegue por fin a la bajada, me deje ir, pero por momentos me detenía, volteaba atrás con ganas de ver la silueta de alguien, y sentir que por lo menos si iba mal, no estaba sola; después aventé las barbies, y me concentré en la bajada, si estaba perdida o no, que más daba, a algún lugar debería llevar ese camino, y de pronto, marcas… respiraba hondo y me relajaba.

Así toda la ruta, entre montañas, cañones, ríos, verdes, azules, nubes, increíbles paisajes de ensueño, saludando a la gente de los pueblos que te llegabas a cruzar, o viejos conocidos del ultra, y echando ojo a las posiciones porque los 3 primeros lugares siempre nos encontrábamos.

Luego, de nuevo camino equivocado, y ahora si fueron más kilómetros y más tiempo, no quedaba más que acelerar, disfrutar la ruta, ya no sabía quién iba a delante y quien atrás, pero al final lo más importante era empujar. Faltando 8km antes de la meta me encuentro a Sinhue, me dice que solo habían pasado dos, así que yo estaba en tercero, la del segundo la tenía 500m adelante, empezamos a subir el paso, luego alcance a verla, 2 km antes de la meta. Aceleré , gracias a Dios venía bajada, al momento de pasarla, ella también acelera… recordé a la peruana en Fiord 🙄, otra vez, esos finales cardiacos, pero si yo venía de paseo!!, veo a Sinhue y pienso, no voy a fallarte, le pido que choquemos las manos, no volteo atrás, Sinhue desaparece, toco pavimento, se inclina más la bajada y veo la meta, “no, no hay forma de que me alcance”, escucho a mi hijo, “mamá”… “uy ahora menos”, siento mi corazón alborotado, la gente apoyando, y yo rescatando de ahí solo una pequeña voz gritando, luego Ruben, “vamos Cin”!, mis piernas deciden acelerar, y cruzamos la meta, en 2do lugar de los 50k.

Una vez más las montañas, puto anzuelo.

Nos quedamos a esperar al resto del equipo, algunos estaban en 50k, otros en 70. Se hizo de noche y Sinhue me acompaña a buscarlos, veo frente a mí en medio de la nada la silueta de las montañas en medio de la noche, -“si te acercas, te reintento”-, un cielo plagado de estrellas… una imagen verdaderamente irreal, de esas que no se pueden fotografiar, y que se queda en mi corazón para siempre.

Tengo ganas de regresar el siguiente año a la de 76, pero dependo en gran medida de mis instintos, y de a dónde me lleven los Guts, o el destino.

Han pasado tres días de Sierra Gorda, tres meses desde UTMB, y varios más después de Fiord…y hoy volteo a verlas a lo lejos, sentada en una banca en medio de la ciudad, y pienso, -“Ya haz eso de necesitarme”.

Nos seguimos leyendo



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